Tune up 1: Nacen los Anónimos

¿Han tenido alguna vez que renunciar a algo sabiendo que su corazón no estaría tranquilo hasta recuperarlo?

¿Han sentido ese fuego interno que te dice “¡no, no es suficiente!”, incluso cuando ya has soltado, llorado y dado por perdido un sueño? Porque a veces los sueños se hacen los muertos solo para ver si vas a ir corriendo detrás de ellos, buscándolos ...


¿Y han tenido cerca a gente que llega caída del cielo justo en el momento preciso? Como si el universo estuviera diciendo: “Sí, es hora. Pero no vas a hacerlo solo”.

A veces esas personas se quedan. A veces son visitas de cinco minutos en tu línea de tiempo. Pero siempre, siempre, te dicen lo que necesitabas escuchar.


Eso me pasó a mí después del intento fallido de montar RENT. Ya les hablé largo y tendido de las piedras en el camino —sí, Abelardezcas, Salamandrosas y otros especímenes de fauna escénica que bien podrían tener su propio musical (spoiler: no lo haré, ¿o sí? ). Pero por cada criatura del pantano, hubo cinco hadas madrinas, hados madrinos y hades madrines que, sin pedir nada a cambio, llegaron con linterna en mano para alumbrar el camino.


Y si bien les seguiré contando de las Fedras y Los Lluvias (vamos, no se hagan, muchos están aquí por el sabroso chisme), esta etapa fue otra cosa. Un viraje. Un verdadero acto II emocional. Un “one more time with feeling” que nada tenía que ver con Antifaz, sino con algo nuevo.

Así nace ARTANON.


No recuerdo exactamente cuánto tiempo pasó entre el entierro simbólico de RENT versión 1.0 y el momento en que una llamada cambió todo. Una tarde cualquiera, mi amiga Karen —sí, la misma Karen de antes, me llama y me dice: “Alquilá la película Music of the Heart y llámame cuando termines de verla.”


No juzguen n esa época había que ir al negocio a alquilar DVD´s. La vi. Lloré, obvio. Veanlá es muy inspiradora y Meryl Streep nunca decepciona. Y bueno después de mi sesión de video la llamé a Karen. Me vino a recoger en su auto. Recogimos a Marcela, otra cómplice de mil batallas, y nos fuimos al cerro. Si literalmente al cerro. Por La Florida donde hoy hay mas de mil casas y urbanizaciones y hasta creo que un Café Alexander pero en ese entonces era el cerro.


Los tres sentados en el auto, con ese airecito frío que te obliga a ser sincero, y hablamos. Hablamos de volver. De hacer algo nuevo. De recuperar RENT, sí, pero también de que esta vez tenía que hacerse bien. Con amor, con respeto, con una tribu que entendiera que no estábamos jugando al teatrito. Estábamos intentando hacer arte. Hacer teatro musical como nunca se había hecho hasta entonces.

Karen volvió a conseguir el Calvert. Ese salón que fue cuna de ensayos, terapias grupales encubiertas y coreografías mal ejecutadas pero muy sentidas. Allí, como quien vuelve al útero, comenzamos de nuevo.


Mi pareja (chico, novio o lo que quieran llamarlo), también se sumó al proyecto. Le pondremos el pseudónimo de “Nobita” por su parecido con el animé. Colaboró mucho en la producción, y no voy a quitarle mérito. Pero también fue el autor de una de la puñaladas silenciosas más dolorosas que viví.  Los últimos ocho meses que  estuvimos juntos él cargaba un secreto enorme y bien guardado: había embarazado a otra persona. Lo supe cuando me dijo, con voz temblorosa, que iba a casarse y que si yo quería ser padrino de la niña.


Sí, padrino. De la hija del cuerno.


Y no es solo la traición lo que dolió. Fue el silencio. Ocho meses de mentiras solapadas, de “te quiero” huecos, de excusas para no salir juntos en público.Mi existencia fuera del clóset, mi voz libre, mis pasiones teatrales… todo eso le pesaba. Él no podía con su propia verdad, mucho menos con la mía.


Yo era muy joven en ese entonces 19 años y me costaba comprender el miedo que él como hijo único tenía de decepcionar a sus papás. Ambos tremendamente controladores.

Me da pena que en vez de enfrentar las cosas, él eligió esconderse. Y de paso buscaba esconderme. Creo que las sexualidades forzosamente suprimidas tienden a ser un caldo de cultivo para desastres. 


Lo última que supe de él es que el nepotismo le consiguió un trabajo en una fundación cultural en Sucre. Con harto esfuerzo y control trato de desearle que sea feliz, feliz de verdad. Y espero que su represión no haga daño a nadie Pero sobre todo, le deseo que algún día se atreva a vivir en voz alta. ¿Resentido quien?


Y entonces apareció ella: Luz Bolivia Sánchez de Paredes.

Nuestra hada madrina oficial, sin varita pero con más poder que muchas ministras de cultura. Si ARTANON llegó a existir como algo más que una idea rayada en una servilleta de café, fue gracias a ella.

Se que a ella nunca le gustó el apodo de hada madrina al imaginarse a una ancianita rechoncha como en los cuentos o películas de Disney. Y me disculpo con Luz por seguir usando esa metáfora pero creo que no hay mejor manera de describirla.

Luz no tenía una productora formal, pero había hecho tanto por las artes como mecenas que parecía tener una maestría en milagros. Fundó la Escuela de Artes de El Alto, organizó cuanto evento cultural había en un radio de 50 km y tenía más contactos que un celular con chip doble. 


Nos enseñó a movernos: cómo pedir auspicios sin parecer pedigüeños, cómo hacer que una nota de prensa no termine en la sección de obituarios, cómo decir “esto es arte” sin que la gente se ría en tu cara. Luz nos abrió puertas, consiguió fotógrafo, luces, espacios y hasta respeto.


Y claro, justo cuando parecía que todo tomaba forma… volvió mi archienemigo interno: el Perfeccionismo.

Ese duende maldito que me susurra que si no es Broadway, entonces es basura. Yo quería ensayos con puntualidad inglesa, escenografía digna de los Tony Awards, y un elenco que se supiera sus líneas antes de leer el guion.


¿Adivinen qué? No pasó.

La perfección no apareció. Y jamás aparecerá y esa es la belleza del teatro. 


Pero como es costumbre en estas nobles travesías, varios decidieron saltar por la borda antes de que el barco empezara a tambalear. Se fueron discretos, como quien dice "yo solo estaba mirando", dejando el timón a quienes sí estábamos listos para capear la tormenta.


Yo ya estaba a punto de rendirme. No en plan dramático, pero sí con esa desesperación silenciosa de quien ve cómo su sueño empieza a hacer gárgaras con agua sucia.

El elenco se desmoronaba de nuevo. Las ilusiones estaban medio chamuscadas. Y para colmo, ¡Luz ya había conseguido el Teatro Municipal y el Teatro de El Alto!

¡Ya había salido la publicidad!

¡La publicidad!

El logo de Rent y ARTANON estaban por todas partes como si todo estuviera bajo control… y yo, por dentro, era una huminta sin amarrar.

Fue entonces cuando Luz, como si hubiera olido mi colapso nervioso inminente, se me acercó, me miró fijo y me dijo:

“No te rindas. Yo creo en tu talento.”


No fue un discurso. No venía con música de fondo ni iluminación dramática. Fue directo, sencillo y sin adorno, como debe ser una verdad cuando es de las grandes.


Y miren... no es que quiera hacerme el pobrecito de la película, pero hasta ese momento nadie me lo había dicho así. No con tanta certeza. No sin condiciones.


Con los años (y varias sesiones de autopsicoterapia en taxis, duchas y cafés), entendí que muchas personas ya me habían demostrado su confianza a su manera: quedándose, apostando por mis locuras, trabajando sin cobrar, prestándome espacios, diciendo “sí” cuando todo olía a “no”. Y eso también lo agradezco con el alma.


Pero maestros, padres, guías del universo: a veces basta con decirlo en voz alta. Un “yo creo en ti” a tiempo puede levantar edificios emocionales enteros. O al menos sostenerlos un rato más cuando todo tiembla.


Así que, entre el aliento de Luz, el apoyo de amigos, los consejos de mentores, mi propia terquedad, y ese estrés finamente cultivado que adorna toda buena producción...

Convocamos a las Segundas Audiciones.

Con más ganas. Con menos certezas. Pero con un fuego en el pecho que ya no venía solo de la gastritis.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

El Arte de Prehornear una Audición

Dános hoy el RENT de cada día (o cómo casi monto un musical)

Chones, Ungüento y K’ajs de Singani: Un Viaje a Sucre