Chones, Ungüento y K’ajs de Singani: Un Viaje a Sucre

El mal sabor de las audiciones nos duró un par de semanas. Debo confesar que el entusiasmo por los ensayos cayó en picada. No tanto por conseguir o no un papel, sino por el trato injusto que recibimos. Aun así, seguimos asistiendo con disciplina. Siempre puntuales, aunque más de una vez llegamos arrastrados por nuestros padres tras haber cometido el pecado de la fiesta y los cócteles la noche anterior.

Eso ya decía mucho de cómo estaban las cosas. Antes, ni un Margarita de frutilla ni una amanecida nos hubieran detenido. Ahora, necesitábamos un empujoncito parental.


¿Se acuerdan de mi prima? Sí, la que con puro ñeque llegó a las oficinas teatrales de Televisa. Siempre he dicho que, de habérselo propuesto, habría sido una productora imparable. Yo tengo agallas para montar espectáculos titánicos, pero cuando se trata de pedir dinero o auspicios... ahí sí me cuesta. Mi innata introversión y mi educación basada en "politeness" de no incomodar pidiendo favores no ayudan mucho.


Marce y moi. Que niños que eramos.
Fue esta aguerrida prima quien, en una visita a mis abuelos en Sucre, logró un contacto que, hasta el día de hoy, no sé cómo sucedió. El caso es que nos consiguió fechas en el Teatro Gran Mariscal para presentar CATS en el marco del nombramiento de  Sucre: Plaza Mayor de la Cultura Iberoamericana. Imaginen la emoción. Una gira siempre es una experiencia emocionante y una prueba de fuego para cualquier grupo.


Felices, le dimos la noticia a Abelardo. Y él, con su clásica condescendencia, nos soltó una risita y nos dijo que no deberíamos confiar en esas ofertas. Que él solo viajaría si conseguíamos auspicios y un caché para él. Ah, ¿no lo mencioné? Sí, él cantó en CATS. Imaginen "The Moments of Happiness" (o "Incierta Felicidad") con el brío de un Heldentenor wagneriano. Muévete, Sigfrido, que aquí llegó Abelardo.


Retados, decidimos demostrar que podíamos lograrlo. Mi prima cuetillo consiguió descuentos en hotel, desayuno incluido, cena en un restaurante y, en tiempo récord, el caché para Abelardo. Lamentablemente, de su parte nunca hubo la menor voluntad de ir. Jamás entenderé su resistencia a ese viaje, y menos aún lo que hizo después.


Cuando le mostramos todo lo que habíamos conseguido y le pedimos confirmación, con su diplomacia pasivo-agresiva nos dio un elegante "no cuenten conmigo". Habíamos avanzado tanto que, aunque lamentamos su ausencia, seguimos adelante y buscaríamos un reemplazo. No era una tragedia. Bueno, si las cosas se hubieran quedado ahí...


Pero no. Abelardo, indignado por no tener la última palabra y horrorizado ante la idea de ser reemplazado por unos mocosos, se tomó la molestia de contactar a los organizadores de "Sucre: Plaza Mayor de la Cultura Iberoamericana". ¿Para qué? Para muy amablemente informarles que no participaría en la producción, que había prohibido a sus alumnos hacerlo y que no se hacía responsable de lo que se fuera a presentar en Sucre.

Una verdadera canallada.


Otro momento de madurar y reflexionar desde muy chango sobre la responsabilidad de los educadores. No solo se trata de impartir conocimientos técnicos, sino también valores humanos. Abelardo, al final de cuentas, era esa figura en el grupo, pero solo mostró favoritismo y mezquindad.


Desde Sucre llamaron a mi prima para averiguar qué pasaba. Ella, con su diplomacia natural, calmó las aguas y aseguró a los organizadores que todo seguía en marcha. Nadie entendía qué había provocado la jugada de Abelardo. Saquen ustedes sus conclusiones.


Se convocó a una reunión con el elenco y los padres, ya que había varios niños involucrados. También se invitó a Abelardo y Fedra para llegar a un acuerdo. Ninguno apareció. Esa reunión resultó muy reveladora y, en retrospectiva, irónicamente adecuada para un grupo llamado “Antifaz”, porque ese día muchos se desenmascararon.


Alonzo, el más cercano al dúo canalla, intentó justificar las acciones de Abelardo con el clásico "no era su intención, fue malinterpretado" y demás excusas recicladas. Abelardo tenía cuatro alumnos en el elenco: Salamandra, Alonzo, Juanita y alguien que llamaremos "El Lluvias” *. Como supuestamente tenían prohibido participar, esperaba que se excusaran del viaje, dejándonos en aprietos sin cinco integrantes. Pero no. La emoción de viajar, presentarse en un teatro prestigioso y tener una vitrina internacional pesó más. Solo El Lluvias tuvo la coherencia de mantenerse leal a su maestro y no viajar.


Al final, decidimos cortar relaciones con Fedra y Abelardo e ir por nuestra cuenta a Sucre. Pero nos faltaban actores. Ahí llegó Súper Profe Bea al rescate. Le conté todo lo sucedido y en menos de 15 minutos ya tenía dos alumnos listos para aprenderse los papeles y subirse al bus. Bea nunca falla. Ambos lo hicieron mejor que Abelardo y El Lluvias.


Llegó la hora de organizarnos para el viaje. Nos dijeron que compartiéramos cuartos. Yo, Marcela y Mafer Garrón, parte de nuestro grupo, nos miramos y, sin decir una palabra, la decisión estaba tomada: "ROOMIES!". El ala santurrona del elenco escandalizada. Como buenos ñoños de iglesia, su morbo les impedía ver que ahí solo había amistad.


Nos fuimos por tierra, armados con un discman con la grabación de RENT, cantidades industriales de Pringles, chocolates y Coca-Cola. Bueno, Coca-Cola para Marcela. Yo detesto esa infame bebida, pero no había otra opción, así que terminé tomándola. Solo después de haber engullido dos botellitas cada uno, nos dimos cuenta de que estaban vencidas... hacía cinco años.


Poco antes del viaje, me había estirado un músculo de la pierna, así que para poder bailar llevé lo que Marcela y yo bautizamos "El Ungüento Dragón". No tengo idea de qué contenía, pero ardía como el demonio y, mientras más frotabas, peor era. Pero había que frotar según las instrucciones. Como en esa época no tenía pudor, me bajaba el pantalón en pleno bus y, en chones, aplicaba la infame pomada. Marcela se moría de risa mientras yo lloriqueaba: "¡Me arde, me arde!". El bus de pseudo beatos, escandalizado, dejando volar su morbo. Hasta Arequipe, hermano de Salamandra, vino a curiosear. Siempre los más santurrones fariseos son los de las mentes más porcinas.


La patota en el bus a Sucre.

Después de toda una noche en bus, despertamos en Potosí. Solo tres horas más hasta nuestro destino. Pero el frío altiplánico había hecho de las suyas y la garganta de Marcela empezó a sentirse como lija. La peor pesadilla para un cantante. Sin pensarlo dos veces, le recomendé un buen té con té que pediríamos en cuanto llegáramos al hotel en Sucre. Y así comenzó su descenso a las profundidades del té con limón y singani.


Nos acomodamos en nuestros cuartos y, tras un descanso, tocaba cambiarse para el primer ensayo en el Teatro Gran Mariscal. Salamandra y Juanita encontraban excusas cada cinco minutos para aparecer en nuestro cuarto a pedir cosas: una horquilla, un hisopo... Aburrido de tanto ir y venir, me metí a la ducha. En una de sus visitas, Salamandra le dijo a Marcela, con toda la sutileza de un elefante en una cristalería, que si se sentía muy mal, ella podía cantar el rol de Grizabella en los ensayos.


Yo ya había salido de la ducha y, en esa época, el pudor era para mí un concepto vago. Salí del baño solo con mis flamantes chonecillos rojos como si nada, porque con Marcela y Mafer ya había confianza. Salamandra, horrorizada, huyó para anunciarle a todo el elenco que algo raro pasaba en nuestra habitación. Nos convertimos en la comidilla del pueblo.


Ya listos, nos encaminamos al teatro. Marcela hizo un pequeño desvío misterioso y cuando regresó tenía cara de "aquí pasó algo". “¿Qué has hecho?” preguntamos Mafer y yo. Nos confesó que el té con té no había servido de mucho, así que decidió tomar el toro por las astas: singani puro. Solo una tapita antes del ensayo, juró. Y cumplió. El ensayo salió sin problemas. Nos repartimos camerinos, medimos espacios y, dado que la fosa de la orquesta no estaba cerrada, improvisamos un puente con tablas "relativamente seguras" para cruzar los que entrábamos desde el público.


En la noche, todos en patota fuimos a comer al restaurante que nos auspiciaba, famoso por sus deliciosas pizzas. En plena cena, mi yo adolescente, siempre curioso, preguntó a las chicas de la mesa, donde estabamos Marcela, Mafer y yo junto a otras dos compañeras, cómo se hacía un chupón. Risa general. Y dos voluntarias para enseñarme. Hasta hoy me da risa, porque sin querer echaba leña al fuego para alimentar los rumores de bacanales en nuestra habitación.


Al día siguiente llegaron desde La Paz algunos padres a apoyar. Mi papá, un tío y el matrimonio de Margarito y Tremebunda. Mejor dejémoslo ahí para evitar problemas, pero digamos que, en el caso del matrimonio, el dicho "de tal palo, tal astilla" se quedaba corto. Durante la mañana promocionamos la obra en la plaza central, bailando y repartiendo volantes. Luego, llegó la hora de alistarse para el estreno.


Salamandra y Juanita compartían camerino y habitación, así que se ayudaban mutuamente con maquillaje y cambios de vestuario. O eso creía Juanita, porque cuando terminó de arreglarse Salamandra, esta, en su mejor pose de diva, dijo "ahí se ven" y la abandonó. Juanita, desesperada, nos buscó y, a un timbre de empezar la función, hicimos lo que pudimos con delineadores secos y pestañas pegadas en la oscuridad. No fue nuestro mejor trabajo. Tampoco ayudó que Juanita solo nos hablaba cuando necesitaba algo, pero aun así, le echamos una mano.


El estreno fue hermoso. Mi papá había escrito una sinopsis muy linda para que el público entendiera la obra. Recuerden, todavía cantábamos en inglés en esa época. No fue un lleno total, pero la magia del teatro lo compensó. Para ese entonces, la dosis de singani de Marcela había pasado de una tapita antes del ensayo a una antes de la función, otra en el intermedio y una más al final, por si acaso.


Al día siguiente, Juanita despertó con el cuello hecho trapo. Sin su "mejor amiga" para socorrerla, vino a buscarnos con cara de súplica y un mantra claro: "Ayúdenme, por favor, no sé qué hacer".


Nos miramos entre nosotros sin mucha idea de cómo solucionar su drama. Pero eso no la detuvo. Se metió en nuestra habitación sin el menor decoro, se desplomó en una de las camas y repitió su plegaria: "Por favor, ayúdenme. No sé cómo voy a bailar".


Nada parecía perturbarla. Ni Luis paseándose en chonecillos, esta vez azul celeste.


Tanto mi ángel del hombro izquierdo como mi diablillo del derecho coincidieron por primera vez en la vida: "¡Hazlo!".


Le ofrecí "El Ungüento Dragón", advirtiéndole que ardía como el infierno y que, mientras más se frotaba, peor se ponía la cosa.

"No debe ser para tanto", dijo Juanita. "Seguro eres medio delicado".


"¿AH, SÍ?", exclamaron mis consejeros internos en perfecta armonía.


Procedimos con entusiasmo. Le dimos tal lustrada que su cuello quedó con tres capas de piel menos. Minutos después, desde su habitación, un grito de película de terror sacudió el hotel:


"¡CÓMO ARDEEEE!"

Desde aquí, públicamente me disculpo con Juanita. No era necesario frotarte con tanto vigor.


Ese domingo fue mi debut haciendo matiné y tanda. Mucho aguante teníamos en esos tiempos. Antes de la primera función, don Margarito se acercó a mi papá para decirle que doña Tremebunda solicitaba  que él pudiera leer la sinopsis porque ella quería grabar la función y creía que así sería mejor. Mi papá aceptó y cedió la lectura. Pobre don Margarito, tal vez le esperaba paliza si me papá no accedía.


Mientras tanto, Marcela había perfeccionado su método de medicina natural de uva fermentada: un singani antes de maquillarse, otro antes de empezar el show, otro antes de cantar, uno en el intermedio y, por seguridad, dos antes de "Memory". 


Singanella y gatita 5. Creo que su nombre es Paola.

Para la función de tanda, ya era oficial: los k’ajs de singani fluían como en preste. Grizabella entró zigzagueando, golpeando sillas como en un pinball. Todos nerviosos porque debía cruzar el puente improvisado en tacos. Lo logró, aunque con uno o dos tropezones que nos hicieron contener la respiración. Las tapitas se convirtieron en tragos directos de la botella.


Tras bambalinas, la ya bastante chispeada Grizabella ayudaba a Juanita con el cambio de vestuario de Griddlebone y no notó que la gruesa y peluda cola del disfraz estaba... en el lado equivocado. En el frente. Fueron solo dos segundos de grotesco pero hilarante espectáculo antes de que Marcela corrigiera el error.


Llegó la hora de "Memory". Último trago de singani. La botella, vacía. Otra entrada ondulante desde el público. Todo bien, todo bien. Cruce de fosa, nervios, pero lo logra. Avanza la canción. Se acerca el final. Crescendo de la música. Tropezón. Sonido de saco de harina cayendo desde el techo y…


"¡TOUCH ME! IT’S SO EASY TO LEAVE ME!"


A pesar del aparente  estado de "no sobriedad", no perdió la entrada y ese “Touch me” resonó en todo Sucre.


Qué linda experiencia. Al día siguiente, todos regresamos a casa. Yo, por alguna razón, volví en avión, a pesar de mi pánico a volar y las ganas de pasar otras nueve horas con Marcela y Mafer riendo. Al llegar a La Paz, sentí el cierre de un ciclo. Todos tomaron su camino. Algunos siguieron en el arte, otros en sus "carreras de verdad".


Lo bueno es que nunca más tuve que compartir espacio con Abelardo, Fedra, Salamandra o Arequipe. Aunque nuestros caminos profesionales si se cruzaron (o enfrentaron), solo nos cruzamos en contadas ocasiones sociales del mundo musical. Salamandra aun me saluda con un "Hola, bello". Yo, con un cortés "Hola, Sala". Aunque, después de este blog, dudo que siga ofreciéndome esa cortesía.




TRIGGER WARNING "EL LLUVIAS" : Si no conoces el término lluvias doradas o Grindr, te sugiero conservar tu inocencia y dejar de leer aquí y tampoco lo googlees. El apodo de El Lluvias viene de hace unos años, cuando, sorpresivamente, me contactó por una app de citas y, de forma algo agresiva, tuvo el tupé de sugerirme un encuentro para… bueno, una lluvia dorada. Wácala. El pedido y el tipo, ¡todo mal! Ni hablar.

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