Dános hoy el RENT de cada día (o cómo casi monto un musical)
Unas explicaciones previas (para los que llegan tarde y para los que solo vinieron por el drama).
Este blog fue particularmente difícil de escribir. ¿Por qué?, se preguntarán ustedes, mis queridos lectores, tan ávidos de anécdotas teatrales y chismes vintage. Pues porque hablar de RENT es, para mí, como hablar de un ex al que amé intensamente, pero que me rompió el corazón con una patada de realidad. Siempre he dicho que RENT es uno de los logros más importantes de mi carrera, pero la época en la que intenté montarlo también estuvo marcada por un evento igual de fuerte, pero en sentido negativo. Digamos que fue como vivir un episodio de alguna serie dirigida por Lars Von Trier.
Y fue difícil, muy difícil, tamizar esa época con una coladera emocional que separara lo positivo de lo catastrófico, evitando que uno manche al otro. Pero bueno, lo logré. Con lágrimas, sí. El “otro aspecto” de esta historia vendrá en un futuro, quizás cuando me anime a mover el tablero de mi vida y mi abogado (sí, tengo uno, que no es mi papá) me diga que es legalmente seguro hacerlo. Críptico, ¿no? Pues sí. Pero ustedes lean nomás, que para eso vinieron.
RENT llegó a mi vida más o menos al mismo tiempo que CATS. Año 1996. El viaje inolvidable a Nueva York. Como ya saben los lectores que siguen este blog desde el principio —los verdaderos fans, no los que solo dan like—, mis papás me llevaron a ver CATS (o “GATS”, como decía mi hermano menor). Pero había otro musical del que TODO el mundo hablaba, incluso mi tía neoyorquina, que nos alojó en su departamento con más amor que espacio.
Se trataba de un musical moderno, rockero, hiperactivo, basado libremente en La Bohème, con un elenco joven, una historia cruda sobre artistas sin un peso pero con sueños gigantes, y un compositor —Jonathan Larson— que en un giro irónico del destino murió justo antes del estreno Off-Broadway, víctima de un aneurisma de aorta no diagnosticado, consecuencia de un síndrome de Marfan. O sea, el hombre pudo haber sido un personaje de una ópera de Puccini.
Y yo, como buen adolescente teatral, quedé hipnotizado. No solo por la música (que aún tengo en loop mental) sino por la historia detrás del telón. Había verdad. Había pasión. Había angustia existencial con una guitarra eléctrica de fondo. Era todo lo que necesitaba para alimentar mi flamante necesidad de drama profesional y personal.
Como ya he mencionado antes (porque este blog tiene continuidad narrativa, aunque no lo parezca), esa época fue complicada. Hacer musicales era un deporte extremo, y mi vida personal no estaba precisamente en modo “zen”. En ese caos existencial y creativo, RENT se convirtió en mi compañero de viajes y desamores. Me acompañó a un viaje de estudios a Sucre y a una ruptura sentimental de esas que te hacen escuchar “Without you” mientras lloras frente al espejo y te preguntas si deberías hacerte un piercing o cambiarte el nombre.
Pero el inicio del montaje fue anterior a todo eso. Fue justo antes de la debacle que nos llevó a viajar a Sucre por nuestra cuenta con CATS. En ese entonces, aún estábamos bajo el reinado dictatorial de Abelardo y Fedra. Se abrieron audiciones para El Violinista en el Tejado, bajo la dirección del señor Iberkleid (sí, el de Punto Blanco). Marcela audicionaba para Fruma Sarah, la fantasma, y yo para Motel el sastre.
Nunca supimos si a Iberkleid le gustamos o no. ¿Por qué? Porque Abelardo y Fedra hicieron pasar a todos directamente a la audición, excepto a nosotros. A Marcela y a mí nos hicieron esperar cuatro horas (¡cuatro!) para luego decirnos que no podíamos audicionar. Así, sin anestesia.
Salimos con cara de telenovela mexicana, caminamos unas cuadras, y decidimos curar nuestras penas con el remedio universal de la juventud: comida grasosa. En ese entonces, Burger King quedaba cerquita del Colegio Calvert, donde se hacían las audiciones. Nos atragantamos con un combo Whopper, aros de cebolla extra y un pastel Hershey que hoy me daría diabetes, pero que entonces era combustible emocional. Dulce, bendita juventud.
Y ahí, entre papas fritas y despecho, nació una revolución. Decidimos que ya era hora de dejar la compañía y empezar lo nuestro. Pero como el viaje a Sucre ya estaba en marcha, esperaríamos a terminarlo y recién ahí comenzaríamos nuestra nueva aventura creativa.
Al volver del viaje, nos pusimos a trabajar. Como siempre que nos sentíamos perdidos, gritamos: “¡BEA!”. Y Bea vino, como una superheroína del teatro musical. No teníamos idea de por dónde empezar. Fue como abrir camino a machetazos por la selva del arte. Las audiciones las hicimos en casa de Bea, donde literalmente llamamos a amigos y amigos de amigos.
Y aquí hago mi momento “tercera edad”: ¡las nuevas generaciones no saben lo que era hacer musicales en esa época! Encontrar talento era una verdadera expedición arqueológica. No porque no existiera, sino porque el interés era mínimo y los recursos, aún menos. En los años 90, el musical estaba en pausa global. En el cine, solo Evita con Madonna y Everybody Says I Love You de Woody Allen marcaron presencia. El género estaba de capa caída, y nosotros éramos unos locos queriendo revivirlo en La Paz, Bolivia.
Marcela había estado un tiempo en la Sociedad Coral Juvenil, de donde reclutamos a varias personas: Bismarck Barrientos, Karen Gottschalck, Patricia McLean, Mónica Baldivia. David “Coco” Bedregal (sí, ese Coco, el de Unit) y su hermano que ahora salía con mi hermana. Ah y por supuesto Rodrigo Rojas. Si aunque no lo crean. Recuerdo tan bien algunas de sus audiciones: Bismarck cantó algo de Harry Belafonte, Karen hizo una versión celestial de “Joyful, Joyful”, Patricia cantó “Angel” de Sarah McLachlan, Coco su propia composición. … bueno, hubo una persona que merece permanecer en el anonimato. Le llamaremos Mía (como la de La La Land, pero sin contrato con Warner).
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| Faltan algunas personas pero esa fue el primer ensayo de Rent |
Karen consiguió un pequeño espacio en el Calvert para ensayar. Intentó gestionar el teatro, pero el director nos dijo que el contenido era “muy risqué”. ¡Risqué! Como si RENT fuera un cabaret satánico y no una historia de amor y lucha. Nos botaron. Literalmente.
Entonces intentamos ensayar en una academia de danza donde Mía entrenaba, pero cuando la directora —una señora conservadora nivel Inquisición Española— se enteró de qué trataba la obra, nos sacó tostando. De hecho, una vez me la crucé antes de entrar a un programa de TV para promocionar otra obra. La vi alineando a sus alumnas como si fueran soldados, haciéndoles abrir la boca para revisar si tenían chicle. Dos lo tenían. ¿Qué hizo? Les pidió que escupieran el chicle… ¡en su mano! Yo tengo mis reglas, pero jamás aceptaría un chicle ajeno en la palma. Ni aunque venga de la boca de Brad Pitt. Aunque pensandolo mejor...
Y como si todo eso fuera poco, llegó el éxodo. Mi falta de experiencia como director, sumada a mi obsesión compulsiva por pulir detalles, hizo que mucha gente huyera del proyecto. Era como una producción maldita. No llegamos a montar la obra en 1999, y lo que era un sueño colectivo se fue desmoronando ensayo tras ensayo.
La gota que colmó el vaso fue cuando Mía, después de uno de esos ensayos fantasmas con más ecos que gente, se me acercó y me dijo con voz de telenovela religiosa: “Luis, creo que el tema de la obra está enojando a Dios. Por eso nada sale. Deberíamos arrepentirnos y hacer otra cosa. Además es dificil tomar dirección de un gay”.
No super que responder. ¿Que dices a eso? Pero en ese momento supe que el primer intento de montar RENT había muerto. No con una canción final, sino con una mezcla de superstición, miedo y falta de espacio para ensayar.
No lo logramos esa vez. Pero el sueño siguió vivo. RENT me marcó tanto que aún hoy, cuando veo la portada del libreto, me da ese vuelco en el estómago. A veces de emoción, a veces de indigestión, pero siempre con cariño.
Volveré a esta epoca para contar la otra parte de esta historia. La que aún guarda secretos y más de una revelación. Pero por ahora, me quedo con esta versión: la de los comienzos caóticos, las hamburguesas terapéuticas, los ensayos clandestinos, y las locuras de unos jóvenes que creían que podían cambiar el mundo… con un musical.
Y ¿saben qué? Tal vez sí lo hicimos, aunque solo fuera en nuestro pequeño mundo de ensueño, risas y mucho, mucho drama.

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